Las hijas de los 90s.
- Aniela Remorini

- 17 oct 2025
- 3 Min. de lectura
Esta es una publicación de “Lo que (no) se ve” en conjunto con “Algo maravilloso”.
Creo que tenía dieciséis años la primera vez que vi a un ángel de Victoria’s Secret. No sabía nada de lencería, pero entendí que eso —ese cuerpo, esa sonrisa, ese pelo, esa forma de belleza— era algo a lo que había que aspirar. No entendía del todo lo que veía, pero algo en mi cuerpo se apretaba, como si intuyera que esa manera de ser mujer era la que el mundo iba a aplaudir. Durante años creí que belleza era sinónimo de delgadez, de control, de sonrisa contenida; que ser deseada era una forma de ser aceptada; que mi valor dependía de cuánto espacio ocupaba —o dejaba de ocupar—.
Y no voy a mentirte: mido 1,80 y, según los estándares, nunca estuve demasiado lejos de ese molde. Pero aun así, los complejos con mi cuerpo estaban a la orden del día. Daba lo que fuera por no ser tan alta, por no llamar tanto la atención, por encogerme un poco más —para que tengas una idea, una vez le pregunté a mi pediatra si me podía “dar algo” para encoger mis huesos—. Había algo en mí que creía que ser vista era peligroso, que la belleza solo valía si era exacta.
Crecimos con eso, me gusta decir que somos las hijas de los 90: educadas por publicidades de perfumes, videoclips en MTV y tapas de revistas que prometían “el cuerpo del verano”. Aprendimos a hacer dietas antes que a reconocernos en el espejo, a medirnos con la mirada ajena, a confundir la salud con la aprobación, a entender que sin el amor romántico no estábamos completas. Crecimos para adoptar el sueño de otros: la familia tipo, la casa, el perro, el marido ideal, la parejita de hijos mujer y varón.
Había algo en esa estética que nos formateó por dentro: una mezcla de aspiración, culpa y deseo. Queríamos ser como ellas, pero sabíamos que nunca lo seríamos; aun así lo intentábamos, día tras día, en cada comparación silenciosa, en cada dieta, en cada mirada al espejo. Nadie nos explicó que la belleza que nos vendían era una fantasía de marketing, que esas mujeres no eran “naturales”, sino construcciones minuciosas de un sistema que necesitaba que nos sintiéramos insuficientes para seguir comprando ropa, cremas, dietas, sueños.
Y ahora el desfile volvió. Parte de mí —la adolescente que soñaba con esas luces y esa música— se emociona. La otra —la adulta que entiende lo que costó— se enfurece. Me pregunto si es posible mirar sin lastimarnos, si podemos disfrutar de algo que tanto nos hirió, si hay lugar para la belleza sin herida. Dicen que esta es la nueva era de Victoria’s Secret: más inclusiva, más diversa, más real, pero con el Ozempic a la orden del día. Pero no se trata solo de poner cuerpos distintos en la pasarela, sino de cambiar la mirada con la que se los muestra, de dejar de vender deseo como sinónimo de valor, de entender que el empoderamiento no es posar, sino poder elegir.
Porque lo que no se ve —lo que nunca se mostró en esa pasarela— son las horas sin comer, la disciplina del castigo, la soledad del espejo, los cuerpos deshidratados para que la piel se pegara al músculo. Lo que no se ve es cómo aprendimos a castigarnos para encajar, a odiar partes de nosotras que solo necesitaban ternura.
A veces pienso en esa chica de dieciséis años mirando el desfile, fascinada y confundida a la vez, y me gustaría poder decirle que no hay nada que alcanzar, que no hay molde que valga más que su manera de habitarse. Que no hace falta volverse más chica para ser suficiente, que la belleza no está en la liviandad del cuerpo, sino en la honestidad de una mirada que se anima a sostenerse. Mientras ellas desfilaban con alas, nosotras aprendíamos a dejar de comer para parecernos livianas, y en un país que hoy ocupa el segundo lugar en el mundo en trastornos alimentarios, esas alas pesan más de lo que parecen, porque no eran alas, eran espejos: nos reflejaban todo lo que creíamos que no éramos, todo lo que aprendimos a rechazar.
Quizás ahora, con los años, el desafío sea aprender a mirar distinto, a no odiar el brillo sino a entenderlo, a reconocer lo que nos dolió sin quedarnos ahí, a mirar esas pasarelas desde un lugar más compasivo, sabiendo que la verdadera libertad no está en volar, sino en quedarnos, en poder habitar el cuerpo sin miedo, sin castigo, sin tener que demostrar nada. Tal vez eso sea crecer: reconciliarse con la niña que soñaba con alas y enseñarle que la belleza que buscaba allá afuera siempre estuvo de este lado.
Con amor, Aniela.



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