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¿Quién diseña lo que deseamos?

La mayoría de las prendas que visten a las mujeres del mundo están pensadas, dirigidas y aprobadas por hombres. Quizás por eso tantas veces la moda habla… pero no nos escucha.


En los últimos meses, el mundo de la moda vivió una supuesta “revolución creativa”: cambios constantes, salidas inesperadas, entradas de nuevos nombres en grandes casas. Antonin Tron en Balmain tras la era de Olivier Rousteing, Sarah Burton dejando su lugar en Givenchy, Adrian Appiolaza tomando Moschino.


Movimientos, anuncios, celebraciones.

Un tablero que parece moverse sin parar.


Y, sin embargo, cuanto más observaba estas transformaciones, más clara se volvía una idea: los nombres cambiaban… pero el patrón no. La mayoría de quienes toman esas decisiones siguen siendo hombres: una “revolución creativa” que no cambió tanto.


Y ahí me nació una pregunta inevitable: ¿cómo no va a haber una desconexión profunda entre nosotras y lo que nos ponemos, si el deseo estético femenino continúa siendo imaginado y administrado desde miradas masculinas?



Moda femenina… sin mujeres en el poder.


Parece que la moda no es “cosa de mujeres”, por más que ellas sean la principal audiencia y consumidora. Esto no es solo una sensación: hay algunos números detrás.


  •  Un artículo de BadHombre recordaba un estudio del CFDA y Glamour: aunque el 70% de las personas que trabajan en la industria de la moda son mujeres, solo alrededor del 14% ocupan puestos de liderazgo creativo en Estados Unidos.

  • En las semanas de la moda de Nueva York, Londres, París y Milán, apenas un 40% de las colecciones femeninas estaban diseñadas por mujeres; cuando miramos las grandes casas de lujo, ese porcentaje cae todavía más.

  • Y si ampliamos la lupa al mapa global de directores creativos, la mayoría no solo son hombres, sino hombres blancos, a pesar de todos los discursos sobre pluralidad, interseccionalidad y nuevos relatos.


Entonces la pregunta ya no es solo quién hace la ropa, sino algo más inquietante: ¿quién diseña el deseo? Porque la moda no produce únicamente prendas, produce imaginarios: lo que consideramos “elegante”, “deseable”, “sexy”, “moderno”, “aspiracional”. Y cuando esos imaginarios están concentrados en una mayoría masculina, lo que se juega no es solo una cuestión de representatividad, sino de poder. El poder de decidir qué cuerpos se celebran y cuáles se corrigen; qué se muestra y qué se tapa; qué tipo de mujer es deseable y cuál queda al margen.


Mar Ordonez - El arte de mi madre
Mar Ordonez - El arte de mi madre

No es solo ropa: es quién diseña el deseo.


La historia de la moda occidental está llena de ejemplos. Desde Charles Frederick Worth, considerado el primer modisto moderno de alta costura, hasta Christian Dior, Balenciaga, Yves Saint Laurent, Versace, Valentino o Karl Lagerfeld, una gran parte de los grandes relatos de la feminidad vestida fueron escritos por varones. Sí, también existieron (y existen) mujeres fundamentales: Chanel, Schiaparelli, Jeanne Lanvin, Miuccia Prada, Phoebe Philo, Rei Kawakubo, Maria Grazia Chiuri, Sarah Burton. Pero cuando miramos quién ocupa las sillas de poder en las maisons más visibles, sigue habiendo una disonancia: la moda se apoya sobre una base de trabajo feminizada (costureras, modistas, tejedoras, patronistas) mientras el prestigio, la firma y el relato se concentran arriba, en nombres masculinos.


Más recientemente, lo vemos en cada recambio creativo de las casas de lujo: titulares que anuncian salidas y entradas de directores creativos, una rotación intensa donde, una y otra vez, los grandes conglomerados vuelven a confiar en ellos. En muchos casos, las pocas mujeres que alcanzan la dirección creativa terminan siendo reemplazadas por hombres en la siguiente etapa, incluso cuando sus visiones conectaban con el público y renovaban el lenguaje de las marcas. Es como si el sistema estuviera dispuesto a coquetear con la idea de diversidad, pero no a ceder el timón del todo.


La pregunta profunda no es quién hace las prendas, sino: ¿quién diseña lo que deseamos usar?


Ya sabemos que la moda no produce solo siluetas, telas y colores: produce imaginarios.


Qué es “sexy”,

qué es “elegante”,

qué es “aspiracional”,

qué es “ser una mujer moderna”.


Y mientras ese imaginario esté concentrado en miradas masculinas, el problema no es estético: es simbólico. Es político. Es sobre poder.



La paradoja histórica: mujeres que visten relatos ajenos


Y acá entra otra capa incómoda: no se trata solo de contar cuántos hombres y cuántas mujeres hay, sino de preguntarnos qué tipo de deseo se está diseñando cuando la mayoría de esos hombres imaginan cuerpos femeninos desde afuera. Un texto de Revue Privée se preguntaba cómo puede ser que los tacos más deseados del mundo, símbolos de poder, erotismo, vulnerabilidad y elegancia, hayan sido, casi siempre, diseñados por hombres: Louboutin, Saint Laurent, Jimmy Choo, Dior, Gucci, Versace, Valentino. No se trata de negar el genio creativo, sino de ver la paradoja: el cuerpo que camina esos zapatos es mayoritariamente femenino, pero la fantasía que lo envuelve sigue siendo masculina.


Christian Louboutin dijo alguna vez que él no diseña para la comodidad, sino para que la mujer se sienta poderosa. No le interesa la ergonomía, le interesa la fantasía: la mujer que pisa un suelo rojo como si estuviera dejándole una marca al mundo. Yves Saint Laurent entendió que el esmoquin podía ser un traje de poder femenino sin que la mujer dejara de ser leída como “femenina”. En esos gestos hay algo valioso, incluso revolucionario para su época. Pero también hay una tensión que no podemos obviar: durante décadas, el deseo femenino en la moda fue una especie de guion escrito desde afuera, donde el cuerpo de la mujer era lienzo, escultura, soporte simbólico de una mirada ajena que definía qué era “liberador” y qué no.



El deseo femenino como fantasía masculina


Y sin embargo, la realidad es más compleja que un “ellos malos / nosotras buenas”.


Muchas mujeres se sienten genuinamente empoderadas en esos mismos diseños que nacieron de ojos masculinos. Encontraron fuerza en un tacazo de 10 centímetros, en un vestido que las abrazaba como armadura, en un perfume diseñado por un hombre que las acompañó toda una vida. La moda, aun cuando nace en estructuras patriarcales, también se reapropia, se resignifica, se hackea. Hay deseo femenino real habitando piezas creadas por hombres. El problema no es que existan esos relatos, sino que sean casi los únicos que tienen amplificación masiva.


El verdadero núcleo del problema: quién decide


Lo estructural está en otra parte: en los consejos de administración, en las juntas de selección de directores creativos, en las decisiones de inversión, en qué tipo de riesgos se está dispuesto a asumir y con quién. Vogue, Harper’s, Smoda, muchas publicaciones vienen hablando de lo mismo desde hace años: mientras la industria celebra símbolos de empoderamiento femenino, la arquitectura del poder sigue siendo profundamente desigual.


Pero, para mí, el punto no es cancelar diseñadores hombres ni caer en una guerra de géneros irreconciliable. El punto es no ser ingenuas. Entender que la moda no es un espacio neutro, ni únicamente creativo, ni solo poético. Es un sistema económico, cultural y simbólico que organiza deseos. Y que, mientras la mayoría de las decisiones estratégicas y creativas sigan concentradas en varones, esos deseos van a estar inevitablemente marcados por una mirada parcial. No porque los hombres “no puedan” entender a las mujeres, sino porque cualquier perspectiva única, sea la que sea, es peligrosa cuando se vuelve dominante.


Mar Ordonez - El arte de mi madre
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¿Y nosotras?


¿Y qué pasa con nosotras, con las que estamos del otro lado de la vidriera, del feed, del probador? Pasa que a veces sentimos que elegimos libremente, pero lo hacemos dentro de un menú de opciones precurado por conglomerados que todavía responden a lógicas muy viejas. Pasa que creemos que deseamos ese bolso, ese zapato, esa silueta porque “es muy yo”, sin darnos cuenta de que llevamos años siendo expuestas al mismo tipo de cuerpo, la misma narrativa aspiracional, la misma promesa de poder maquillada de novedad. Pasa que nos enamoramos de una imagen sin preguntarnos quién la dibujó, desde qué lugar, con qué intereses.



El cambio empieza en el espejo


Entonces, la pregunta que te devuelvo es otra: cuando deseás algo de moda, un vestido, un zapato, una marca, una estética, ¿cuánto de ese deseo es tuyo y cuánto es diseño? ¿Cuánto viene de lo que realmente te hace sentir viva, cómoda, potente, honesta… y cuánto viene de una fantasía que te enseñaron a aplaudir?


No hace falta derribar toda la industria para empezar a mover algo. Podemos empezar por algo más pequeño, más íntimo y, al mismo tiempo, profundamente político: revisar nuestra relación con la ropa desde el propósito. Preguntarnos qué estamos vistiendo cuando nos vestimos: qué ideas de cuerpo, qué formas de ser mujer, qué modelos de éxito, qué tipo de feminidad. Escuchar qué nos pasa con las prendas que amamos y con las que nos incomodan, con lo que repetimos sin pensar y con lo que nos da vergüenza desear.


En esa revisión silenciosa, en esa conversación íntima frente al espejo, hay algo que el sistema no puede controlar del todo: nuestra capacidad de observar, cuestionar y redefinir qué es el deseo para nosotras. La moda tal vez siga, por un tiempo, dominada por nombres masculinos. Pero el terreno donde de verdad se juega el cambio —nuestros cuerpos, nuestras historias, nuestras decisiones diarias— sigue siendo nuestro.



La última palabra vuelve a nosotras


La moda puede seguir, por ahora, dirigida mayormente por hombres. Pero el deseo… el deseo empieza a correrse de lugar cuando lo miramos de frente.


Porque una cosa es lo que ellos diseñan.

Otra es lo que vos elegís habitar.


Y ahí, en esa decisión íntima de cada mañana,

la última palabra sobre lo que deseás empieza a volver a tu cuerpo.

A tu historia.

A vos.


Bibliografía / Fuentes citadas:

  • BadHombre Magazine, “El mundo de la moda dominado por hombres: ¿verdad o mentira?” (2023)

  • Vogue España, “La moda es cosa de mujeres (aunque el negocio no tanto)” (2021)

  • Revue Privée, “¿Por qué los diseñadores hombres capturan tan bien el deseo femenino en la moda?” (2022)

  • Harper’s Bazaar España, “Los cambios en la dirección creativa de la moda: ¿dónde están las mujeres?” (2024)

  • Vogue (US), “Why Are So Many Creative Directors Still White Men?” (2023)

  • CFDA x Glamour, “Inside the Glass Runway: A Status Report on Women in Fashion” (2016)


 
 
 

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