Hermoso, saludable e inasequible: por qué la cultura del brillo también es una cuestión de clase.
- Aniela Remorini

- 12 nov 2025
- 4 Min. de lectura
La glow-up culture promete bienestar y amor propio, pero detrás del brillo perfecto hay una conversación pendiente sobre clase, acceso y agotamiento.

Vivimos en la era del glow, y no hablo solo de maquillaje o de pieles que parecen de porcelana, sino de una cultura del brillo que lo invade todo: cómo nos mostramos, cómo trabajamos, cómo vivimos. Una estética que promete bienestar, pero que en realidad encierra una exigencia silenciosa: si no brillás, no es suficiente.
Las redes sociales lo amplifican: historias llenas de mañanas productivas, pieles que respiran serenidad, rutinas que parecen terapias. Un catálogo de vidas perfectamente ordenadas donde el cansancio, la duda o el desborde quedan fuera de plano.
Pareciera que si te levantás despeinada, con ojeras, con los platos sin lavar del día anterior, con mails sin responder y la energía hecha un nudo, ya no estás a la altura del relato. Y lo digo con todo el conocimiento de causa del mundo: yo también me vi intentando ser esa versión luminosa. La que arranca el día con el té verde, meditaciones y millones de pasos de skincare, cuando en realidad lo único que quería era quedarme cinco minutos más en silencio, sin tener que demostrar nada a nadie.
Durante mucho tiempo confundí el bienestar con la estética del bienestar. Me creí la idea de que si mi casa estaba ordenada, si mi piel brillaba y si mi ropa combinaba, entonces todo lo demás iba a sentirse en orden también. Hasta que entendí que hay días en los que el brillo se apaga, y que eso no significa que estés rota: significa que estás viva.
Y así es como el brillo deja de ser una expresión y se convierte en una obligación: un símbolo de éxito emocional, económico y corporal.
El brillo como mandato.
Durante los últimos años, la glow-up culture se vendió como una revolución del amor propio. Nos dijeron que era empoderante “invertir en nosotras mismas”: rutinas de skincare, suplementos, yoga, outfits beige, casas ordenadas y desayunos con matcha. Pero en esa búsqueda de equilibrio estético, el cuidado se volvió rendimiento.
El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, explica cómo pasamos de ser explotadas por otros a autoexplotarnos en nombre del bienestar. Y la glow-up culture es justamente eso: una forma sofisticada de exigirnos más, pero con filtro. Te invita a “cuidarte”, mientras te convence de que nunca estás lo suficientemente bien.
La escritora Luna Llena Félix, en su ensayo “La cultura del glow-up no me representa” (Medium, 2024), lo resume con claridad:
“Nos prometieron amor propio, pero nos entregaron otra carrera más que correr. Una en la que, si no te ves bien mientras sanás, parece que no estás sanando bien.”
El brillo ya no tiene que ver con la belleza: tiene que ver con el mandato de estar bien todo el tiempo. De no mostrar cansancio, de que nada se te note, de que incluso tu vulnerabilidad sea estéticamente agradable.
El bienestar como privilegio.
El brillo no es universal: es, en realidad, un privilegio. Requiere tiempo, dinero, energía y una vida suficientemente estable para poder dedicarse al autocuidado.
Como señala El País en su artículo “Del ‘operación bikini’ al ‘summer glow-up’” (2025), la presión estética simplemente cambió de envoltorio: ya no se trata de adelgazar, sino de “resplandecer”. Una forma más sofisticada de medir nuestro valor en función de la apariencia: el glow-up reemplazó la obsesión por lel talle por la obsesión por la “armonía”, la “luz” y la “salud visible”.
En sociología se habla del aesthetic labour: el trabajo invisible que hacemos, sobre todo las mujeres, para sostener una imagen socialmente aceptada. Ese “trabajo de la apariencia” consume horas, energía emocional y recursos que no todas pueden permitirse. Y aunque se venda como una práctica de self-care, muchas veces es solo una forma más de sostener un sistema desigual.
La socióloga Eva Illouz, en La salvación del alma moderna, explica que la cultura emocional contemporánea convirtió el bienestar en una responsabilidad individual: no estar bien se transformó en una falla personal, no en una consecuencia social. Y eso se traduce directamente en la estética del brillo: si no podés mantener el glow, pareciera que fallaste.
Y así, la luminosidad permanente tiene un costo económico, sí, pero también emocional.
Porque cuando la serenidad se convierte en un producto, la paz interior se vuelve una meta imposible.

La cultura del brillo como anestesia.
A veces pienso que el brillo también cumple otra función: distraernos.
De tanto mostrar bienestar, dejamos de sentirlo.
De tanto posar en calma, olvidamos descansar.
El filósofo Gilles Lipovetsky, en La era del vacío, dice que vivimos en una sociedad que estetiza todo, incluso el sufrimiento. Y el glow es exactamente eso: una forma de convertir la extenuación en algo bonito. Nos muestra la superficie, la piel, la ropa, la sonrisa y nos anestesia ante el agotamiento real.
Brillar, hoy, no es una consecuencia de estar bien: es una estrategia para seguir funcionando.
Y si todo lo que mostramos es brillo, ¿dónde queda la sombra? ¿dónde se refugia la humanidad cuando el cansancio no encaja en el feed?
Del brillo al sentido.
Quizás el nuevo lujo no sea tener tiempo para maquillarte, sino poder dormir sin culpa.
Quizás el nuevo brillo no esté en la piel, sino en la mirada tranquila de quien ya no necesita demostrar nada.
Porque hay una diferencia entre cuidarse y perfeccionarse.
Cuidarse es escucharse.
Perfeccionarse es temer no alcanzar el estándar.
Y una moda verdaderamente consciente no puede nacer del miedo, sino del deseo de estar presente.
¿Mis conclusiones?
La cultura del brillo nos enseña a iluminarlo todo, pero quizás el verdadero acto de libertad sea animarse a apagar la luz un rato.
No todo lo que brilla es salud.
Y no todo lo que no brilla está roto.
A veces, el brillo más honesto no se ve:
se siente.
Bibliografía / Fuentes citadas:
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2012)
Eva Illouz, La salvación del alma moderna (2008)
Gilles Lipovetsky, La era del vacío (1983)
Luna Llena Félix, “La cultura del glow-up no me representa” (Medium, 2024)
“Del ‘operación bikini’ al ‘summer glow-up’: la presión estética se renueva en las redes”, El País, 2025



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